Nacer a cada momento

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“Si quieres conflictos mentales, dedícate a pensar. Crearás hábitos y obsesiones mientras pasa la vida” (Sesha).

Hola de nuevo, chavalotes.

Al hilo de la reflexión de ayer, quisiera ampliar algunos conceptos y hacer diversas matizaciones. Vamos allá.

Hablábamos de la atención, ¿recordáis? De alcanzar una comprensión plena del momento presente. De no ser meros títeres del vaivén mental y emocional que nos asalta incesantemente.

Para llegar a ello resulta de todo punto imprescindible atender.

¿Atender a qué?

A lo que ocurre, a nuestras acciones, a nuestros contenidos mentales-emocionales.

Una atención exenta de valoración, juicio, parcialidad o expectativa; una atención fundamentada en sí misma; una atención que no disocia al observador del objeto observado, por cuanto no añade cualidad o subjetividad alguna al mismo.

Entendemos por objeto tanto aquello materialmente tangible (una mesa, un edificio, un cabello…), como lo que presenta una naturaleza más abstracta (emociones, sentimientos, pensamientos, etc.). A fin de cuentas ambos son formas energéticas y espaciales.

Hablamos de la atención. Cabe subrayar nuevamente que nos referimos a una atención presencial y objetiva de lo que acontece. No se trata, por lo tanto, de extraviarse por los propios vericuetos mentales y emocionales o en objetos externos, interpretándolos, subjetivizándolos o parcializándolos, otorgándoles contenidos o rasgos inexistentes.

Dejadme poner un ejemplo, un tanto simplón pero a fin de cuentas ilustrativo. ¿Es malo por sí mismo el dinero? No. Ello dependerá del uso dado. Así, el amasamiento de grandes cantidades monetarias con ánimo especulativo resultará negativo o dañoso para el conjunto de la población; por contra, un uso ético e inteligente del capital proporcionará numerosos beneficios a la sociedad.

Otro ejemplo bien sencillo. Una persona nos insulta. Dicha acción escapa por completo a nuestro control (tampoco nos competen excesivamente los sentimientos o pensamientos que los demás puedan tener sobre nosotros). Lo que sí nos incumbe –y de qué manera- es la respuesta que daremos al insulto recibido. Como vemos, existe un elemento más o menos objetivable (el insulto en sí mismo), y a la par susceptible de numerosas interpretaciones y respuestas.

La respuesta correcta nace de la atención, de la presencia. Si, en cambio, nuestras reacciones están condicionadas por un filtro mental-emocional, si en lugar de estar en lo que acontece, andamos perdidos o ensimismados en el propio contenido interno sin atestiguarlo, no nos ha de entrañar que en más de una ocasión y de dos salgamos por peteneras.

Una de dos: o atendemos o pensamos; mas no es posible hacer ambas cosas a la vez.

No desdeñamos la mente y la facultad de pensar. De ninguna manera. Cada cosa tiene su uso apropiado o función óptima. Siempre y cuando nuestros contenidos mentales y emocionales guarden una perfecta relación con el momento presente, transitaremos la senda adecuada. El problema, el problemón de marras, es habitar mundos que sólo existen en nuestra cabeza.

Lamentablemente, la mayoría de nosotros (mal)vivimos así, permanentemente desconectados de nuestros sentidos. Recuperemos, pues, el amalgama de sabores de un buen arroz, la sinuosidad de una caricia, la vivificante canción de un jilguero o la emoción del recóndito paraje contemplado por primera vez.

¡Humanos, coño, humanos!

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