La ciencia de la experiencia

En cierta ocasión un amigo me confesó que no creía necesario tener que coronar la cima del monte Everest para reafirmarse en que no le atrae en absoluto llevar a cabo dicha gesta. Suscribo por completo tan ingeniosa reflexión. No se trata, pues, de acumular experiencias extremas gratuitamente ni de forzarnos a nada. Sin embargo, creo que una sopesada actitud de experimentación, amén de depararnos gratas sorpresas y volvernos más receptivos, sociales y flexibles, puede ayudarnos a conocernos mejor. Harto difícil es, salvo en contadas ocasiones, pronunciarse con propiedad sobre algo sin poseer, cuanto menos, un cierto conocimiento al respecto. Por lo tanto, os animo (y me animo, en mi calidad de aprendiz) a ser abiertos de miras, a no rechazar taxativamente nada (o casi nada) sin antes haber entrado en contacto con ello o, en su defecto, haber consultado la opinión de alguien verdaderamente ducho en la materia. A resultas de ello, comprobaréis que a menudo la nocividad de un elemento no radica en el mismo, sino en el uso dado: aprender a manejar un arma de fuego, por ejemplo, no es algo intrínsecamente malo, siempre y cuando lo hagamos en un marco deportivo.

Experimentemos respetando a los demás, pues.

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