El poder de querer


A tenor de una conferencia de Emilio Duró cuyo visionado os recomiendo encarecidamente, un amigo me hacía el siguiente comentario: “Si este hombre cobrase 600 euros y tuviera que alimentar a dos hijos, me gustaría verle rebosar tanto optimismo”. Días atrás, una amiga se pronunciaba en similares términos.

(Huelga decir que discrepo por completo de ambos).

Vivimos en una sociedad paradójica. Hemos hecho del drama, la excusa y la queja moneda de cambio (“La vida es dura”, “Algunos lo han tenido muy fácil”, “No he tenido suerte en la vida”, “Me tienen manía”) y, por contra, rehusamos todo atisbo de esfuerzo y responsabilidad. Dios proveerá. Papá Estado tiene la obligación de sacarme las castañas del fuego (para eso voy cada día a un-trabajo-de-mierda-en-el-que-me-pagan-un-sueldo-de-mierda y pago puntualmente mis impuestos). Cuando ello no concurre (se auguran malos tiempos para dichas mentalidades), pasamos directamente a adoptar el rol de víctima o al ataque frontal contra todo hijo de vecino. Todo salvo ser autocríticos.

No podemos negar la presencia de situaciones adversas o dolorosas en la existencia humana. Mas el verdadero factor diferencial radica en las creencias, valores y actitudes que abriguemos (1). Los anteriores enunciados encierran en sí mismos el fracaso (“Lo malo de los pensamientos negativos es que funcionan”, recordemos). Propongo, pues, abrazar creencias, valores y actitudes que nos apoyen incondicionalmente, cualesquiera que sean nuestras circunstancias vitales. Ello, con plena seguridad, nos generará oportunidades, circunstancias propicias, experiencias más gratas. Al respecto, El bueno de Emilio Duró señala que aquellas cualidades que nos conducen a la excelencia (disciplina, tesón, constancia, arrojo, confianza, etc.) no guardan relación alguna con la educación académica recibida sino, más bien, con la propia actitud personal. No siempre podemos garantizar resultados; empero, tenemos la capacidad potencial de ofrecer respuestas positivas ante los aconteceres cotidianos.

(1) En la próxima entrega ahondaremos en estos tres conceptos.

http://vimeo.com/12555625
http://vimeo.com/12579154

9 comentarios to “El poder de querer”

  1. Sin duda alguna, una actitud positiva nos puede sacar de más de una situación dolorosa y dramática. Puede ser que no dejemos de ser pobres materialmente hablando, pero viviremos mejor y más abiertos a lo que pueda surgir. Todos somos testigos a diario de personas que habiendo perdido una relación, por ejemplo, son capaces de sonreir en poquísimo tiempo y salir adelante perfectamente, sin tratarte de personas ligeras, frívolas o superficiales. En cambio otras se hunden y no levantan cabeza por más que razonen o se les presenten oportunidades de realizarse. Hay una especie de imán en el sufrimiento y la queja que atrapa con fuerza quizá porque, sin ser conscientes realmente de ello, generen algún tipo de recompensa morbosa.
    No sé, pero creo que hay una falta de energía cuando caemos en actitudes negativas. Sí, pienso que nos falta fuerza. Todo en el Universo anda tras la búsqueda de la energía. Si carecemos de ella caemos en estados de abatimiento y pesimismo. Por tanto, pienso que hemos de buscar esas fuentes de energía sea como sea.
    Necesitamos textos y ejemplos de superación como los que traes a tu blog frecuentemente.
    Gracias, Jordi.

  2. Irene Says:

    Todo lo que nos ocurre, hay que sentirlo y después liberarlo, sin juzgar, sin juzgarnos, entendiendo y luego perdonando, sino el cuerpo lo transforma en bloqueos emocionales, que no somos capaces de comprender y que arrastramos en forma de miedos, ansiedad, dependiendo de la persona se manifiesta de una forma u otra. Somos energía y debemos activarla, sincronizarla, el Universo necesita de cada uno de nosotros, hay un gran movimiento.
    (No sé si me he explicado bien.)
    Un abrazo.

    • “Todo lo que nos ocurre, hay que sentirlo y después liberarlo, sin juzgar, sin juzgarnos, entendiendo y luego perdonando”
      Cierto, Irene, aunque no habría nada que perdonar si entendiésemos de verdad. El perdón llega después de la ofensa. La cuestión es cómo llegar a ese entendimiento que nos libere de la ofensa. Pienso que no estamos preparados para ello. Quizá algún ser iluminado o superior…

      Besos.

      • Irene Says:

        Creo Víctor, que la persona que intenta ofender, responde al reflejo de sí misma, que a la persona que va dirigida la ofensa, si está bien equilibrada (cuerpo, mente, espíritu) no le afectará, al menos es como lo entiendo tras mis sesiones de sanenergía y la práctica de la filosofía aikido “El sendero de la armonía con el espíritu”.

        Besos

  3. Pues sí, tienes razón. Cuando gritamos o mostramos ira lo que hacemos es gritarnos a nosotros mismos. Lo he comprobado en alguna ocasión en mis propias carnes.
    Por cierto, yo practiqué aikido durante 11 años. Llegué a hacer dos de los cuatro cursos que eran necesarios para alcanzar el cinturón negro. Al final me retiré porque no veía clara que esa defensa personal me sirviera para algo y era demasiado joven como para entender su dimensión espiritual. Empecé con 5 años y lo dejé con 16.

    • Irene Says:

      Quizás por que la elección era para hacer algo de deporte (tan jovenes, no sabemos bien por donde vamos), seguro que aún conservas parte de la defensa aprendida, fueron muuuchos años!!!! me encantaría comprobarlo algún día!

  4. Mil gracias a ambos por vuestra participación.

  5. Otra cosa, Víctor: cabe la posibilidad, sin que tú seas del todo consciente de ello, que esos 11 años de práctica de aikido cimentaran parte de tu actual poso espiritual.

    (No dudes, por otra parte, que, tal y como tú aseveras, encontramos una satisfacción morbosa inconsciente -si bien completamente autodestructiva- en el drama y la queja permanentes… A buen seguro que no faltaran personas que nos compadezcan).

    • Andábamos Irene y yo preocupados por no seguir comentando asuntos fuera de tema en tu blog y que esto no se convirtiera en un gallinero… Es por eso que no respondí al último mensaje de Irene. Lo hice por otros medios.

      Bueno, Jordi, no creo que fuera el aikido. Más bien años de una indeseable infancia. Eso me llevó a tomar dos caminos: El primero sería volverme loco y por ende, un asesino. Y el segundo camino, realizar una profunda introspección para encontrarle un significado a aquello, una explicación que me aportase algo de calma y sentido común. No quiero ahondar en el tema, pero sí evidenciar la realidad de las cosas.
      Opté, sin duda, por el segundo camino, aunque las secuelas de aquella introspección a la que me vi obligado no fueron otras que la búsqueda de la soledad tanto en mi infancia como en mi vida adulta.
      Voy dando pasos…

      Un abrazo, Jordi.

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