Meditación sobre la ira

Si observas detenidamente, verás que el plan de nuestras acciones se halla dentro de la mente. Las actitudes contraproducentes no surgen por sí solas sino por culpa de nuestra ignorancia (…). De la disciplina, la conciencia y la comprensión clara de los efectos negativos de la ira y los efectos positivos de la bondad surgirá la paz.

                                                                                                                                                                 XIV Dalai Lama

Meditación sobre la ira

Ciertamente, cuando nos hallamos bajo la influencia de una emoción tóxica cual la ira (1) resulta sumamente difícil controlarnos. No obstante, podemos, cuanto menos, reflexionar posteriormente sobre las condiciones erróneas que nos han conducido a ella, a fin de ampliar nuestra conciencia y de minimizar futuros accesos.

Veamos. De contar con la posibilidad, lo primero que cabe hacer ante un arrebato de cólera es sentarse. Seguidamente, enderezaremos la espalda, permaneceremos tan inmóviles como podamos y respiraremos lo más pausada y concentradamente posible durante unos minutos. Hecho esto, trataremos de “entrar” en nuestro cuerpo (véase la entrada titulada Cuerpo sentido). A resultas de ello, devendrá un espacio de presencia que nos permitirá disociarnos, siquiera parcialmente, del enojo: ya no seremos únicamente dicha emoción; por el contario, devendremos observadores conscientes de la misma.

Ya más calmados, haremos lo posible por dejar a un lado el objeto específico de nuestra ira y reflexionaremos sobre la naturaleza de la propia emoción. ¿Tiene ésta existencia propia, o séase, es completamente ajena a nosotros? ¿Nos produce daño físico alguno? ¿Se halla focalizada en algún punto corporal en concreto? ¿Nos provoca siempre idénticos estímulos? En mi opinión, sólo cabe un “no” rotundo en respuesta a tales preguntas. Ello nos permitirá deducir que el estado iracundo –con total independencia de las causas externas que supuestamente nos hayan conducido hasta él- es, en definitiva, una mera construcción subjetiva: la mente se aferra compulsivamente a una situación ya pretérita, perpetuándola en la memoria, distorsionando su esencialidad y, en último término, generando una respuesta automatizada de carácter negativo. Cabe asumir, pues, plena responsabilidad sobre nuestros estados iracundos, que no sobre las acciones contraproducentes que los demás puedan acometer.  

Asimismo, podemos pormenorizar en los efectos devastadores que la cólera produce en nuestro sistema inmunológico y en nuestra estabilidad emocional. ¿Deseamos realmente dar cabida a una elaboración ilusoria tan destructiva? ¿Es la mejor respuesta posible al conflicto? ¿Minimizaremos o, por el contrario, acrecentaremos la negatividad latente? ¿Queremos, responsablemente, añadir más irritabilidad a una sociedad que ya rebosa de ella? Si analizamos con detenimiento las posibles consecuencias de una reacción airada en todas las partes implicadas convendremos en que ésta, a fin de cuentas, carece de todo rasgo positivo.

De igual manera, desarrollaremos una actitud conmiserativa hacia quien nos daña meditando respecto a los elementos inductores de su acción. De este modo, fácilmente concluiremos que todo proceso negativo (odio, celos, envidia…) es producto de un estado de ignorancia, entendido el mismo como un desconocimiento de la naturaleza esencial de la realidad. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que se hacen” –exclamó Jesús de Nazaret, poco antes de expirar en la cruz-.

Finalmente, es necesario –atendiendo a las enseñanzas del Dalai Lama- dar respuesta a una acción nociva recibida, principalmente por pura compasión hacia el sujeto causante de la misma, quien mediante sus actos acumulará un karma (ley de causa y efecto) pernicioso para consigo mismo. En el mejor de los casos, una réplica pacífica y conciliadora –que no pusilánime- por nuestra parte bien puede hacer recapacitar a dicha persona a propósito de las nefastas consecuencias que, inevitablemente, se derivarán de sus obras. 

(Nos vemos pronto, guapetones).

PS: Quede claro que lo anterior es, simplemente, un enunciado teórico. Personalmente apenas si me hallo en los primeros estadios de la práctica: quiénes me conocen, siquiera un poquito, bien saben de mi recurrente tendencia a perder estrepitosamente los papeles… (Acaso por ello un buen día decidí empezar a meditar).

(1)        Hablo, lógicamente, de la ira que nos induce a emprender una acción negativa. Así, encontramos algunas situaciones en las que dicha emoción puede tener connotaciones positivas: la defensa de alguien que está siendo maltratado, una injusticia flagrante, una madre que reprende severamente la falta de su hijo…

3 comentarios to “Meditación sobre la ira”

  1. El ser humano ha de imponerse una mejora constante, pues por ello posee un cerebro que le hace ser consciente de sí mismo y sus acciones, sin duda alguna.
    Pero opino que a día de hoy queremos hacer gala en todo momento de una, no siempre tan buena, higiene mental.
    En el Universo existen los hechos positivos y negativos, pero observados desde nuestra naturaleza. Cuando un terremoto arremete contra una población, vemos eso como algo negativo por cuanto atenta contra nuestra vida, pero ¿es negativo en realidad?
    Sé que la violencia causa mal en quien la lleva a cabo, pues lo he podido comprobar en mis carnes, pero es algo que está dentro de nosotros enraizado, del mismo modo que existen los huracanes y los maremotos. Somos Universo.
    Ocurre que en nuestra ignorancia (que a veces crece por defecto y otras por exceso) pretendemos ser más que el propio Universo.
    No soy defensor de la violencia, pero tampoco abolicionista de la misma. Hay malas personas que la ejercen y las buenas personas no pueden quedarse paradas para permitir ser apaleadas. Incluso, no habiendo sido objeto de violencia física por parte de “los malos”, sí podemos percibir violencia en otro tipo de actos (humillación del pueblo, sometimiento, abusos administrativos, etc, etc). Es en esas situaciones quizá defendible la violencia por parte de “los buenos”. Claro está, que “los malos” siempre podrán tacharnos de radicales, cosa que por cierto se hace a menudo en los telediarios cuando un grupo de jóvenes deciden pelear contra el sistema ejerciendo la violencia.
    “Los radicales” los llaman, y no dudo que entre ellos los haya sin cerebro alguno, ni capacidad mental, pero también los hay que ya no pueden soportar más quedarse sentados para recibir la siguiente bofetada.

    En fin, duro tema este y de largo debate.
    Gracias, Jordi, por intentar apaciguar el mundo.
    Es un placer leerte.

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