Pensadores compulsivos

Estoy agradecida de conocer la magia que tiene el saber. Saber que no soy sólo la que piensa. Elijo ser la que observa a la que piensa” (Uleré, Chambao). 

Yo pienso. Tú piensas. Él piensa. De hecho, nos pasamos la vida entera pensando. Tal proceso, intrínsecamente humano, no es en sí mismo negativo. Empero, el problema sobreviene cuando, por lo común inconscientemente, creamos una estrecha identificación con nuestro contenido mental. En otras palabras: creemos –diríase que a pies juntillas- que somos nuestros pensamientos. Sostener que nuestra naturaleza excede con creces semejante enunciado nos conduciría a una larga argumentación, la cual, ciertamente, rebasaría considerablemente tanto las dimensiones del presente escrito como mi capacidad expositiva (1). Aun así, he sacado el tema a colación habida cuenta de la inherente relación que guarda con la práctica contemplativa. 

Baste señalar, pues, que ante la inevitable irrupción de pensamientos (cualesquiera que sean) durante la meditación no debemos “hacer” absolutamente nada al respecto (2). De este modo, nos limitaremos a observar con todo detenimiento los mismos, tal que si estuviésemos presenciando imágenes proyectadas en una pantalla, distanciándonos emocionalmente de todo contenido y obviando juicios de valor o identificaciones. Las figuras mentales aparecen, y nosotros, mediante la observación atenta, devenimos consciencia despojada de conceptos, dualismos o disquisiciones egóticas. Ello transmuta la recurrente actividad discursiva mental en pura presencia: dejamos de ser, por lo tanto, una mera conglomeración de pensamientos a fin de devenir el espacio consciente en el que éstos acontecen. 

Práctica: observación de los pensamientos 

En las anteriores prácticas nos hemos valido de soportes tales como nuestra respiración, un objeto cualquiera o nuestro entorno auditivo. En esta ocasión nos focalizaremos en los propios pensamientos. Así, una vez hayamos adoptado la postura corporal adecuada, entrecerraremos los ojos y, seguidamente, observaremos con la mayor atención posible los mismos. Atenderemos, pues, a la formación encadenada de imágenes mentales; imágenes que, a menudo, no parecen guardar relación alguna entre sí (cabe, con toda probabilidad, la irrupción indiscriminada de episodios recientes o remotos, reales o ficticios). Por otro lado, puede ocurrir que no emerja ningún pensamiento durante todo o una parte del proceso. Ello no tiene la menor importancia: la presencia o ausencia de éstos resulta meramente anecdótica. Lo único que cuenta es nuestra actitud; una actitud vigilante exenta de valoraciones o vinculaciones. De esta manera, las formaciones mentales sobrevienen y nosotros, simplemente, las observamos hasta verlas desaparecer, sin enjuiciarlas (bueno/malo) y sin aferrarnos a ellas o tratar de rechazarlas (placentero/doloroso). 

(1)        A quienes deseen una lectura pormenorizada sobre dicho sujeto les remito directamente a El poder del ahora y Un nuevo mundo, ahora, ambos de Eckhart Tolle. (Con toda honestidad: me considero absolutamente incapaz de añadir nada nuevo a lo ya expuesto en los extraordinarios textos del maestro alemán).

(2)        En su maravilloso El arte de la meditación, Matthieu Ricard hace hincapié en que las enseñanzas budistas sostienen que no es posible –ni aconsejable intentarlo- detener los pensamientos.

2 comentarios to “Pensadores compulsivos”

  1. JUAN ANTONIO Says:

    Considero sumamente interesante e instructivo el texto que dedicas a la meditación. Celebro que estas palabras las hayas escrito tú, con total nitidez y sin rodeos. Un abrazo y enhorabuena, Jordi.

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