Archivo para noviembre, 2010

¡Te odio!

Posted in Uncategorized on 28/11/2010 by Jordi Marí

“Se ha querido hallar el odio en el fondo de la condición humana, pero el odio no es otra cosa que una desviación de la tendencia amorosa.”

                                                                                                               Joan Barril

Si bien odio y deseo se contraponen, ambos se sustentan en similares conceptos erróneos. Veamos seguidamente el primero.

Meditación sobre el odio

Tal estado perturbador nace de la percepción parcial, reduccionista y falaz –en suma: ignorante- de que quien nos despierta una honda animadversión carece de todo rasgo positivo. Así, por más daño directo o indirecto que alguien pueda habernos causado, tengamos bien por seguro que éste, en un momento u otro de su existencia, habrá obrado de manera bondadosa para con otro sujeto. Ello nos lleva a considerar la naturaleza puramente subjetiva de dicha condición: con independencia de nuestras acciones, podemos ser odiados por unos y admirados por otros.

Por otro lado, y aun partiendo del ficticio enunciado de que la persona odiada resulte completamente perjudicial para el conjunto de seres, cabe detenerse una vez más a reflexionar sobre las dañosas consecuencias físicas y emocionales que conlleva dar cabida al odio.

Finalmente, os propongo un pequeño ejercicio: pensad en alguien a quien detestáis profundamente y tratad de encontrarle cualidades positivas. Haberlas, haylas. A buen seguro.

(En la próxima entrega analizaremos el deseo).

Metromeditador

Posted in Uncategorized on 22/11/2010 by Jordi Marí

(Hagamos un breve receso en nuestro análisis de las emociones perturbadoras, a fin de abordar la posible aplicación en ámbitos cotidianos de algunas de las técnicas que hemos visto). 

Algunas personas afirman no disponer, siquiera, de 10 minutos diarios para practicar la meditación. Aseveran, asimismo, que sus maratonianas jornadas laborales y familiares les restan la totalidad de su tiempo. 

Como no pretendo desmentir a nadie, escribo estas líneas pensando en todos aquéllos que, por el motivo que fuere, carecen de tiempo para meditar. Propongo a continuación diversas prácticas a realizar, por ejemplo, durante un sencillo trayecto en metro: 

A)  Atender plenamente a la totalidad de nuestras acciones: validación del billete en el torno de entrada, subida o/y bajada de escaleras, posterior ubicación en el andén, postura corporal al tomar asiento (de permanecer de pie, evitaremos apoyarnos en las paredes del vagón, tal que si estuviésemos aguantando las mismas), gesticulación, habla y escucha (caso de que conversemos con alguien), pulsación del mecanismo de apertura de las puertas, etc.

B) Focalizarnos en nuestra visión, bien sea observando algo en concreto o efectuando un examen general del entorno.

C) Ser todo oídos a cuanto nos rodea: parloteos, sonidos varios procedentes del tren, señales acústicas… No recomiendo cerrar los ojos.

D) Práctica del cuerpo sentido (véase dicha entrada).

E) Observación de la propia respiración.  

F)  Atención a los propios pensamientos. 

Una vez seleccionado uno de los soportes descritos, nos centraremos exclusivamente en el mismo, tratando de no distraernos. Asimismo, evitaremos entrar en juicios o valoraciones respecto al objeto meditativo escogido.   

(¡Que tengáis buena práctica, metromeditadores!).

Queridos enemigos

Posted in Uncategorized on 19/11/2010 by Jordi Marí

“Expresar violencia hacia otro ser humano es expresar violencia hacia uno mismo.” 

David Icke

Meditación sobre un enemigo 

Veamos a continuación una práctica que tiene por objeto fomentar la compasión respecto a un enemigo. Dividiremos la misma en cinco apartados: 

1)  Piensa en ti en primera instancia. Reflexiona detenidamente sobre tu aspiración, cual ser humano, de alcanzar la felicidad y liberarte de las causas de tu sufrimiento. Haz hincapié, asimismo, en la plena legitimidad de dicha aspiración, con independencia de las acciones perniciosas que puedas haber acometido en el pasado. Ahora, pormenoriza en los posibles condicionantes (todos ellos producto de un estado de ignorancia) que te llevaron a obrar de semejante modo: inexperiencia, desconocimiento, miedo, celos, ira, envidia, codicia… Por último, visualízate experimentando una amalgama de emociones y situaciones positivas: amor, paz, alegría, prosperidad, satisfacción profesional, óptima salud, etc. Recréate durante algunos minutos en la contemplación de tan dichosa condición.

2)  Repite dicho proceso, esta vez bajo la persona de uno de tus padres (si por el motivo que fuere tu relación con ellos no es buena, céntrate en tu ser más querido).

3)  Partiendo de idénticas premisas, focalízate ahora en un buen amigo. 

4)  Llegado aquí, elige a un individuo que te sea completamente indiferente (bien pudiera ser un completo desconocido) y realiza nuevamente la práctica.

5)  Crea finalmente una imagen mental de alguien a quien detestas profundamente; alguien que, de manera justificada o no, te provoque una honda animadversión. Acaso se trate de una persona que ha malhablado de ti o te ha insultado, te ha perjudicado ostensiblemente o, incluso, ha llegado al extremo de causarte daños físicos. Hecho esto, medita a propósito del estado ignorante que le condujo a realizar tales actos. Seguidamente, especula sobre las inevitables consecuencias negativas de los mismos para con ese individuo. A resultas de ello, haz cuanto puedas –ni que fuere a un nivel estrictamente racional- por adoptar una posición compasiva hacia él, disociándolo de sus acciones nocivas. Detente a considerar que éste, al igual que la totalidad de la especie humana, desea verse libre de los estados perturbadores que originan su sufrimiento y ser feliz. Concluye con una visualización de dicho sujeto recibiendo toda suerte de bendiciones (amor, bonanza, serenidad, vitalidad, equilibrio, generosidad…), en beneficio último de todos los seres.

Meditación sobre la ira

Posted in Uncategorized on 15/11/2010 by Jordi Marí

Si observas detenidamente, verás que el plan de nuestras acciones se halla dentro de la mente. Las actitudes contraproducentes no surgen por sí solas sino por culpa de nuestra ignorancia (…). De la disciplina, la conciencia y la comprensión clara de los efectos negativos de la ira y los efectos positivos de la bondad surgirá la paz.

                                                                                                                                                                 XIV Dalai Lama

Meditación sobre la ira

Ciertamente, cuando nos hallamos bajo la influencia de una emoción tóxica cual la ira (1) resulta sumamente difícil controlarnos. No obstante, podemos, cuanto menos, reflexionar posteriormente sobre las condiciones erróneas que nos han conducido a ella, a fin de ampliar nuestra conciencia y de minimizar futuros accesos.

Veamos. De contar con la posibilidad, lo primero que cabe hacer ante un arrebato de cólera es sentarse. Seguidamente, enderezaremos la espalda, permaneceremos tan inmóviles como podamos y respiraremos lo más pausada y concentradamente posible durante unos minutos. Hecho esto, trataremos de “entrar” en nuestro cuerpo (véase la entrada titulada Cuerpo sentido). A resultas de ello, devendrá un espacio de presencia que nos permitirá disociarnos, siquiera parcialmente, del enojo: ya no seremos únicamente dicha emoción; por el contario, devendremos observadores conscientes de la misma.

Ya más calmados, haremos lo posible por dejar a un lado el objeto específico de nuestra ira y reflexionaremos sobre la naturaleza de la propia emoción. ¿Tiene ésta existencia propia, o séase, es completamente ajena a nosotros? ¿Nos produce daño físico alguno? ¿Se halla focalizada en algún punto corporal en concreto? ¿Nos provoca siempre idénticos estímulos? En mi opinión, sólo cabe un “no” rotundo en respuesta a tales preguntas. Ello nos permitirá deducir que el estado iracundo –con total independencia de las causas externas que supuestamente nos hayan conducido hasta él- es, en definitiva, una mera construcción subjetiva: la mente se aferra compulsivamente a una situación ya pretérita, perpetuándola en la memoria, distorsionando su esencialidad y, en último término, generando una respuesta automatizada de carácter negativo. Cabe asumir, pues, plena responsabilidad sobre nuestros estados iracundos, que no sobre las acciones contraproducentes que los demás puedan acometer.  

Asimismo, podemos pormenorizar en los efectos devastadores que la cólera produce en nuestro sistema inmunológico y en nuestra estabilidad emocional. ¿Deseamos realmente dar cabida a una elaboración ilusoria tan destructiva? ¿Es la mejor respuesta posible al conflicto? ¿Minimizaremos o, por el contrario, acrecentaremos la negatividad latente? ¿Queremos, responsablemente, añadir más irritabilidad a una sociedad que ya rebosa de ella? Si analizamos con detenimiento las posibles consecuencias de una reacción airada en todas las partes implicadas convendremos en que ésta, a fin de cuentas, carece de todo rasgo positivo.

De igual manera, desarrollaremos una actitud conmiserativa hacia quien nos daña meditando respecto a los elementos inductores de su acción. De este modo, fácilmente concluiremos que todo proceso negativo (odio, celos, envidia…) es producto de un estado de ignorancia, entendido el mismo como un desconocimiento de la naturaleza esencial de la realidad. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que se hacen” –exclamó Jesús de Nazaret, poco antes de expirar en la cruz-.

Finalmente, es necesario –atendiendo a las enseñanzas del Dalai Lama- dar respuesta a una acción nociva recibida, principalmente por pura compasión hacia el sujeto causante de la misma, quien mediante sus actos acumulará un karma (ley de causa y efecto) pernicioso para consigo mismo. En el mejor de los casos, una réplica pacífica y conciliadora –que no pusilánime- por nuestra parte bien puede hacer recapacitar a dicha persona a propósito de las nefastas consecuencias que, inevitablemente, se derivarán de sus obras. 

(Nos vemos pronto, guapetones).

PS: Quede claro que lo anterior es, simplemente, un enunciado teórico. Personalmente apenas si me hallo en los primeros estadios de la práctica: quiénes me conocen, siquiera un poquito, bien saben de mi recurrente tendencia a perder estrepitosamente los papeles… (Acaso por ello un buen día decidí empezar a meditar).

(1)        Hablo, lógicamente, de la ira que nos induce a emprender una acción negativa. Así, encontramos algunas situaciones en las que dicha emoción puede tener connotaciones positivas: la defensa de alguien que está siendo maltratado, una injusticia flagrante, una madre que reprende severamente la falta de su hijo…

¿Emociones incontenibles?

Posted in Uncategorized on 11/11/2010 by Jordi Marí

En la pasada entrada abordamos someramente la observación de los propios pensamientos. Ahora prestaremos atención a nuestras emociones.

Emociones como la ira, los celos o el miedo nos afectan en mayor o menor medida a todos nosotros. Más allá, si cabe, del daño emocional que las mismas pueden llegar a ocasionarnos, su incidencia negativa en el sistema inmunológico humano ha quedado debidamente documentada por la comunidad científica.

A sabiendas de su irrupción próxima o futura, ¿podemos hacer algo al respecto? ¿O acaso somos meros títeres de dichas pulsiones? ¿Es conveniente expresarlas o, por el contrario, hemos de reprimirlas severamente?

Tengo dos noticias que daros: 1) Mediante un regular entrenamiento mental resulta perfectamente posible erradicar –o cuanto menos paliar en buena medida- tales estados perturbadores. 2) Dicho entrenamiento dura toda una vida. Y los progresos, por lo general, son lentos.

Tomemos por ejemplo la ira. Alguien nos ha dañado –o así lo interpretamos- y a resultas de ello nos sentimos profundamente enojados. La emoción nos envuelve por completo; nuestro cuerpo sufre un abrupto cambio, atenazándose; por un tiempo somos solamente enojo; parece no haber espacio en nosotros para nada más; una catarata de pensamientos asociados al suceso se precipita sobre nuestra persona, causándonos malestar y, en el peor de los casos, incitándonos a la violencia, sea ésta mental, verbal o física.

Llegados a tan indeseable punto, ¿es posible dar una respuesta positiva?

(Dios mediante, en la próxima entrega meditaremos a propósito de ello).

Pensadores compulsivos

Posted in Uncategorized on 06/11/2010 by Jordi Marí

Estoy agradecida de conocer la magia que tiene el saber. Saber que no soy sólo la que piensa. Elijo ser la que observa a la que piensa” (Uleré, Chambao). 

Yo pienso. Tú piensas. Él piensa. De hecho, nos pasamos la vida entera pensando. Tal proceso, intrínsecamente humano, no es en sí mismo negativo. Empero, el problema sobreviene cuando, por lo común inconscientemente, creamos una estrecha identificación con nuestro contenido mental. En otras palabras: creemos –diríase que a pies juntillas- que somos nuestros pensamientos. Sostener que nuestra naturaleza excede con creces semejante enunciado nos conduciría a una larga argumentación, la cual, ciertamente, rebasaría considerablemente tanto las dimensiones del presente escrito como mi capacidad expositiva (1). Aun así, he sacado el tema a colación habida cuenta de la inherente relación que guarda con la práctica contemplativa. 

Baste señalar, pues, que ante la inevitable irrupción de pensamientos (cualesquiera que sean) durante la meditación no debemos “hacer” absolutamente nada al respecto (2). De este modo, nos limitaremos a observar con todo detenimiento los mismos, tal que si estuviésemos presenciando imágenes proyectadas en una pantalla, distanciándonos emocionalmente de todo contenido y obviando juicios de valor o identificaciones. Las figuras mentales aparecen, y nosotros, mediante la observación atenta, devenimos consciencia despojada de conceptos, dualismos o disquisiciones egóticas. Ello transmuta la recurrente actividad discursiva mental en pura presencia: dejamos de ser, por lo tanto, una mera conglomeración de pensamientos a fin de devenir el espacio consciente en el que éstos acontecen. 

Práctica: observación de los pensamientos 

En las anteriores prácticas nos hemos valido de soportes tales como nuestra respiración, un objeto cualquiera o nuestro entorno auditivo. En esta ocasión nos focalizaremos en los propios pensamientos. Así, una vez hayamos adoptado la postura corporal adecuada, entrecerraremos los ojos y, seguidamente, observaremos con la mayor atención posible los mismos. Atenderemos, pues, a la formación encadenada de imágenes mentales; imágenes que, a menudo, no parecen guardar relación alguna entre sí (cabe, con toda probabilidad, la irrupción indiscriminada de episodios recientes o remotos, reales o ficticios). Por otro lado, puede ocurrir que no emerja ningún pensamiento durante todo o una parte del proceso. Ello no tiene la menor importancia: la presencia o ausencia de éstos resulta meramente anecdótica. Lo único que cuenta es nuestra actitud; una actitud vigilante exenta de valoraciones o vinculaciones. De esta manera, las formaciones mentales sobrevienen y nosotros, simplemente, las observamos hasta verlas desaparecer, sin enjuiciarlas (bueno/malo) y sin aferrarnos a ellas o tratar de rechazarlas (placentero/doloroso). 

(1)        A quienes deseen una lectura pormenorizada sobre dicho sujeto les remito directamente a El poder del ahora y Un nuevo mundo, ahora, ambos de Eckhart Tolle. (Con toda honestidad: me considero absolutamente incapaz de añadir nada nuevo a lo ya expuesto en los extraordinarios textos del maestro alemán).

(2)        En su maravilloso El arte de la meditación, Matthieu Ricard hace hincapié en que las enseñanzas budistas sostienen que no es posible –ni aconsejable intentarlo- detener los pensamientos.

Otras técnicas meditativas

Posted in Uncategorized on 02/11/2010 by Jordi Marí

En una anterior entrada definía la meditación como una práctica consistente en fijar toda atención en un punto, sujeto o actividad (1). Así, partiendo de dicho enunciado podemos hallar incontables técnicas y métodos contemplativos, los cuales, dependiendo de la naturaleza del practicante, pueden resultar más o menos eficientes. No pretendo, pues, adoptar una posición exclusivista o totalitaria; más bien me dispongo a compartir algunos sistemas meditativos con los que, amén de haberme familiarizado, he obtenido resultados positivos considerables. 

Sin mayor dilación, detengámonos en un par de ellos: 

Meditación auditiva 

Debidamente sentados (acordémonos, sobre todo, de mantener la espalda recta) cerramos los ojos y prestamos exclusiva atención a los sonidos circundantes, sean éstos del signo que fuere (agradables, estrepitosos, reiterativos, apenas si perceptibles…). Al igual que en las propuestas precedentes, debemos focalizarnos exclusivamente en el punto escogido, evitando toda distracción. Realizaremos el ejercicio durante un mínimo de 5 minutos. 

Meditación Visual 

Ahora, abrimos bien los ojos y observamos detenidamente un objeto cualquiera (la elección del mismo no importa demasiado; lo que cuenta es la acción contemplativa). Así, pormenorizamos durante un rato en su composición (formas, dimensiones, colores…), prestando atención hasta el más ínfimo detalle. Terminada la observación, cerramos los ojos y respiramos lenta y concentradamente unas cuantas veces. 

Virtualmente, podemos realizar meditaciones basadas en los restantes sentidos: la fragancia de una flor, el sabor de un alimento o las sensaciones táctiles de una materia pueden devenir, para un aplicado practicante, elementos contemplativos de primer orden. 

(1)  Lógicamente, caben otras acepciones del término, tan válidas como la expresada. Recalco, pues, el carácter parcial y personal del escrito.